La lista de Franco para el Holocausto

El régimen franquista ordenó en 1941 a los gobernadores civiles elaborar una lista de los judíos que vivían en España. El censo, que incluía los nombres, datos laborales, ideológicos y personales de 6.000 judíos, fue, presumiblemente, entregado a Heinrich Himmler. Los nazis lo manejaron en sus planes para la solución final. Cuando la caída de Hitler era ya un hecho, las autoridades franquistas intentaron borrar todos los indicios de su colaboración en el Holocausto. Poco quedó de este “regalo” de Franco a Hitler hasta la reciente aparición del documento que prueba la orden antisemita de Franco.Holocausto1

Al final de la II Guerra Mundial, el régimen de Franco intentó con relativo éxito confundir a la opinión pública mundial con la fábula de que había contribuido a la salvación de miles de judíos del afán exterminador nazi. No solo era falso lo que la propaganda franquista pretendía demostrar. En la España del dictador hubo la tentación de contribuir a acabar con el “problema judío” en Europa.

La paciente labor de un periodista judío, Jacobo Israel Garzón, ha conseguido que aflorara el único documento conocido sobre el asunto, conservado por casualidad en el Archivo Histórico Nacional, y proveniente del Gobierno Civil de Zaragoza. Lo publicó en la revista Raíces. A partir de esa indagación se ha reconstruido la historia  de la frustrada colaboración con el Holocausto. Quiénes fueron protagonistas y cómplices. Una historia que cambia la Historia.

El 13 de mayo de 1941, todos los gobernadores civiles españoles reciben una circular remitida el día 5 por la Dirección General de Seguridad. Se les ordena que envíen a la central informes individuales de “los israelitas nacionales y extranjeros afincados en esa provincia (…) indicando su filiación personal y político-social, medios de vida, actividades comerciales, situación actual, grado de peligrosidad, conceptuación policial”. La orden la firma José Finat Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, el último día de su permanencia en el cargo, porque va a ser relevado por el coronel Galarza. De ese puesto va a saltar en pocos días al de embajador de la España de Franco en Berlín.

El conde es un personaje refinado y culto, y muy amigo de Ramón Serrano Suñer, el hombre fuerte del régimen [fue ministro de Interior y Asuntos Exteriores], que es quien le va dando los distintos cargos que ostenta. Ha prestado grandes servicios a Serrano y a Franco, como el de organizar a los policías que, en connivencia con el embajador Lequerica y la Gestapo, utilizando a un siniestro policía de apellido Urraca, consiguió traer a Companys y Zugazagoitia a España para sufrir una burla de juicio y ser fusilados.

José Finat hizo buenas migas con Himmler cuando este visitó España en octubre de 1940. Himmler pudo asistir a un espectáculo que le pareció cruel: una corrida de toros en Las Ventas. En esos días, ambos pusieron al día una vieja colaboración firmada por el general Severiano Martínez Anido en 1938. Gracias a ese acuerdo, la policía política alemana goza de status diplomático en España, y puede vigilar a los 30000 alemanes que viven aquí.

Dentro de poco más de un mes, Finat va a ocupar su cargo de embajador en Berlín. Allí podrá entregar en persona a Himmler sus listas de judíos. Si España entra en la guerra, serán un buen regalo para los nazis. Antes va a tener tiempo suficiente para dar una paliza y emplumar por homosexual a un cantante, Miguel de Molina. Le ayudará el falangista Sancho Dávila, primo del fundador del partido fascista.Holocausto2

El objetivo del Archivo Judaico no consiste en defender al régimen de la posible acción subversiva que puedan realizar los refugiados que pasan por España huyendo de la persecución nazi. Esos son conducidos directamente a Portugal para que se marchen a Estados Unidos, o internados en el campo de concentración de Miranda de Ebro hasta que se sepa qué hacer con ellos. De lo que se trata, sobre todo, es de tener controlados a los judíos españoles de origen sefardí:

“Las personas objeto de la medida que le encomiendo han de ser principalmente aquellas de origen español designadas con el nombre de sefardíes, puesto que por su adaptación al ambiente y similitud con nuestro temperamento poseen mayores garantías de ocultar su origen y hasta pasar desapercibidas sin posibilidad alguna de coartar el alcance de fáciles manejos perturbadores”.

El trabajo no va a ser fácil por esa capacidad de adaptación que tienen los judíos. Sobre todo en lugares que no sean como Barcelona, Baleares y Marruecos, donde había antes de la guerra “comunidades, sinagogas y colegios especiales”, y eso permite una mayor facilidad de localización.

La circular no oculta la urgencia de la acción. Hay que proteger al Nuevo Estado de la posible actuación de estos individuos, que son “peligrosos”. El coronel Valentín Galarza está poniendo patas arriba el ministerio que le ha dejado Serrano Suñer, infestado de falangistas revolucionarios. Pero no va a destrozar toda la obra de su antecesor. El Archivo Judaico se va a seguir completando con carácter de urgencia al principio y con metódica seriedad después.

¿No son acaso los judíos y los masones los enemigos fundamentales del Nuevo Estado?

Cuando haya pasado el tiempo, el Archivo Judaico será ocultado y sistemáticamente destruido, como toda la documentación comprometedora para el régimen franquista en relación con la persecución antisemita realizada en los años cuarenta. Cuando deje de ser urgente tener listas completas de israelitas y haya que justificar la patraña de que el régimen surgido del 18 de julio ayudó en todo lo posible para que se salvaran muchos judíos de la persecución nazi.

En mayo de 1941, cuando se envía la circular, resulta muy significativa la desaparición de las guardias de falangistas de la puerta del Ministerio de la Gobernación. Ya no se trata de que la represión la lleve la Falange por su cuenta, como si fuera un poder autónomo del Estado. Se trata de que el Nuevo Estado asume comportamientos que le identifican con los de la Alemania nazi, pero mediante las instituciones tradicionales, o sea, en este caso, la Policía y la Guardia Civil. Eso sí, “auxiliados por elementos de absoluta garantía”. Sigue leyendo

Las memorias de León Degrelle

A sus 77 años, el belga León Degrelle, que llegó a ser general de la Waffen Division SS durante la segunda guerra mundial, la última reliquia del fascismo europeo, a quien se acusó de ser criminal de guerra, el hombre al que Hitler dijo al oído mientras le imponía la más alta condecoración del III Reich, el gran Collar de Ritterbreuz, “si tuviese un hijo me gustaría que fuese como usted”, escribe tranquilamente sus memorias en su piso de la calle de Santa Engracia, de Madrid. Estamos en 1982. Es uno de los exiliados de extrema derecha más notables de entre los que fueron acogidos durante la dictadura. Completan la nómina los ex presidentes Trujillo, de la República Dominicana; Batista, de Cuba; Pérez Jiménez, de Venezuela; Alfredo Ovando, de Bolivia, o Isabel Perón, de Argentina, además de sus respectivas cohortes.Degrelle

Vive plácidamente en la octava planta de una finca de la calle Santa Engracia, próxima a la plaza de Chamberí, en dos magníficos pisos corridos, regalo de “algunos de los muchos amigos que aún tengo en España”. Su casa es todo un museo, con vitrinas con piezas de la época romana primorosamente cuidadas, tallas religiosas de los siglos XVI y XVII, cuadros de valor incalculable, monedas únicas, antigüedades de todo tipo, muebles de época y alfombras persas. Está adornada por todas partes con símbolos nazis. “Estas cosas se compraban antes por nada. Cuando curé de mis últimas heridas de guerra, ya en España, hice el camino de Santiago desde Roncesvalles y fui comprando cosas en los pueblos. También en Andalucía me regalaron muchas cosas los campesinos de aquellos pobres pueblos, porque sabrá usted que, en realidad, soy andaluz…”.

En las paredes de su impresionante despacho están colgadas las banderas de las compañías de la Waffen Division SS, de la que llegó a ser general, y las dos banderas del Movimiento Rexista Belga (fascista) que él fundara antes de la segunda guerra mundial. Sobre un pequeño plato de cobre colocado encima de un pequeño arcón también de madera noble está a la vista el gran Collar de Ritterbreuz.

Aparentemente no disfruta de protección policial. El paso es franco hasta el octavo piso de la finca. El mismo abre la puerta al periodista, aunque la cita estaba acordada, y durante las tres horas y media de charla la casa permanece silenciosa y aparentemente deshabitada. León Degrelle pasea por su despacho durante todo el tiempo de la conversación. Habla con una potencia y una rapidez atronadoras y lleva el peso de la conversación, porque apenas deja intervenir.

Con una lucidez extraordinaria, evita en lo que le es posible los hechos y las fechas concretas en beneficio de las grandes citas filosóficas o teorizantes, o para recordar pasajes de sus libros o de las memorias que está escribiendo: “A nosotros, los supervivientes de la cruzada europea contra el comunismo soviético, los ex combatientes del frente del Este, desgarrados por las heridas, abrumados por los lutos, consumidos por las penas, ¿qué derechos nos quedan todavía? Somos unos muertos, con piernas, con brazos, con respiración. Pero muertos…”. O para pontificar sobre el fascismo: “No creo en esa palabra. La repudio. Yo hablo de nacional socialismo porque es un concepto mundial. Fascismo es un concepto italiano solamente”. O sobre el socialismo: “Mi socialismo es el socialismo en colaboración con los que tienen el capital. Sin el capital no hay sueldos y sin trabajo no hay fábricas. Yo nunca quise conquistar el poder, sino que busqué que la gente, el pueblo, me lo entregase”.

Ha contratado con una importante multinacional norteamericana la publicación de sus memorias. Serán 14 volúmenes, 14 videocasetes y 14 películas. Los editores le han puesto fechas de entrega. “Con el dinero se acaban para siempre mis penurias económicas, aunque siempre he sido poco gastador”. Así que tiene que entregar un libro cada cuatro meses.

Escribe a mano, con rotulador negro, en cuadernos grandes de anillas, que va depositando unos encima de otros a medida que están llenos. “El pulso de la mano es lo que mejor refleja la inspiracíón”, dice. Comienza a las siete de la mañana y levanta el trabajo por la noche. Allí está todo. Desde su nacimiento, en Bouillon (patria de Godofredo de Bouillon, uno de los primeros cruzados), en una familia de ocho hermanos, hasta su precocidad en todo. A los quince años había escrito una novela y un libro político; a los veinte, cinco libros, y a los veinticinco dirigía varios periódicos, algunos de los cuales llegó a poseer. A los treinta (en 1936), ya con el Movimiento Rexista (fascista) fundado hace algún tiempo, consiguió meter en el parlamento belga a 32 diputados.

En las memorias se cuenta su encuentro con Franco, en la guerra civil española, y hay un epígrafe en el que relata una conversación entre los dos personajes: “Yo le dijo a Franco que la guerra estaba resultando muy larga y por lo tanto muy costosa, a lo que me respondió que ocho siglos habían tardado sus antecesores en la Reconquista. La verdad es que nunca tuve confianza con Franco. Llegué incluso a votar, ya como español, en su contra en el referéndum de la Ley de Sucesión. A quien de verdad yo admiré fue a Serrano Suñer. Luego, en los siguientes 45 años, con el paso del tiempo tuve relaciones de todo tipo con gente como Girón, el doctor Marañón, Ridruejo, Laín Entralgo, Rof Carballo, Cossío, Sopeña, De la Serna, Mayalde, Carrero Blanco, etcétera. A estos dos últimos les regalé un cuadro valioso a cada uno. Fui amigo de Fraga y también, mucho, de Blas Piñar. Siempre le dije a Blas que se equivocaba, que no se podía ser notario y político. Montó un partido en torno a una clase social rica o muy rica. Por eso fracasó”.

Ciudadanos, ¿falangista?

El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, por obra y gracia de Pilar Rahola, que le profesa una cordial animadversión, ha sido comparado en varias ocasiones con José Antonio Primo de Rivera, el fundador de Falange, y no solo por el aspecto físico, sino también por su ideología ¿Es Ciudadanos un partido de derechas comparable a Falange? ¿O no tiene nada que ver?Albert Rivera

En la ruidosa cacofonía de voces del debate político español resulta difícil hacerse una idea del posicionamiento ideológico de unos y otros partidos. En lo que sigue, se analiza tres propuestas económicas de Ciudadanos sobre algunos de nuestros problemas sociales: (1) la “dualidad”, (2) la precariedad y (3) el paro de largo plazo. Para hacerlo se contraponen a las propuestas de Podemos sobre esos mismos temas. La comparación con Podemos no es aleatoria. Se trata también de un partido nuevo, y que es el único que ha publicado sus propuestas económicas.

1. Dualidad. La enorme brecha entre los costes de despido entre trabajadores fijos y temporales hace que nuestro mercado laboral sea un sistema enormemente injusto que penaliza de manera desproporcionada a los jóvenes, además de ser ineficiente en términos económicos: la seguridad laboral no la determina la productividad o el esfuerzo del trabajador sino el tipo de contrato que tiene. Además la alta rotación hace que las empresas no invierten en la formación de sus trabajadores. Ningún partido hasta ahora se ha atrevido a abordar el problema de la dualidad seriamente, entre otras cosas, por la fuerte presión de los sindicatos que representan los intereses de los trabajadores con contrato fijo.

¿Qué propone Ciudadanos para solucionarlo? Ciudadanos propone un contrato único con costes de despido crecientes para eliminar la barrera artificial entre contrato fijo y temporal. La propuesta incluye también un seguro contra el despido que consiste en aportaciones mensuales de la empresa a una cuenta para cada trabajador (para despido o jubilación) y una bonificación en cotizaciones a la Seguridad Social para las empresas que despidan menos.

Algunos en la izquierda argumentan que el contrato único “es de derechas” y que aumentará la precariedad. Ese diagnóstico es engañoso. Lo que hace el contrato único es terminar con la diferenciación entre fijos y temporales. El nivel medio de protección de los trabajadores viene determinado por la curva de costes de despido. Por tanto, si Ciudadanos decidiera mantener “los costes medios de despido” a un nivel similar, la nueva regulación eliminaría la dualidad sin disminuir la protección media de los trabajadores.Jose Antonio

¿Qué alternativa ofrece Podemos? Pues bien, en el programa que firman los economistas Navarro y Torres no se menciona el término “dualidad”. Y aunque se reconoce parte del problema, “los puestos de trabajo a tiempo completo e indefinidos se transforman en otros temporales y a tiempo parcial”, no se ofrece ninguna propuesta específica para solucionarlo. El único cambio regulatorio que se propone es la “derogación de la reforma laboral”, aunque no queda claro si eso implica volver a la regulación anterior a la crisis (la más disfuncional de Europa), o a otro modelo.

2. Precariedad y pobreza: en gran parte como resultado de la mala regulación laboral, España tiene alrededor de 7,5 millones de personas que no alcanzan el salario mínimo anual y que viven en la pobreza y la precariedad.

¿Qué propone Ciudadanos para solucionarlo? Ciudadanos propone un complemento a la renta de las familias que cobren por debajo de una determinada cuantía anual, dependiendo de la situación familiar, del número de hijos, etcétera. En vez de pagar impuestos, los que estén por debajo de esa cuantía recibirán una transferencia del Estado. La gracia de la medida, que toma como referencia el Earned Income Tax Credit que se aplica con bastante éxito en Estados Unidos, es que ofrece incentivos a trabajar. Está dividida en tres tramos, uno creciente, uno plano y uno decreciente.

Digamos que los que ganan por debajo de 10.000 euros al año reciben un impuesto negativo (transferencia) proporcional a su sueldo (un porcentaje, digamos del 25%, que hace que aumente el monto de la transferencia a medida que uno se acerca a 10.000 euros). Entre 10.000 y 15.000 euros un importe fijo (digamos de 2.500) y entre 15.000 y 18.000 euros una transferencia decreciente. A partir de 18.000 euros se empezarían a pagar impuestos “positivos”.

La medida es muy original, aunque es pronto para saber cuáles podrían ser los efectos redistributivos finales. Habría que saber qué otros complementos reciben los que no trabajan, qué pasa con el salario mínimo, etcétera. También habría que saber lo que cuesta, aunque Ciudadanos dice que alrededor del 1% del PIB, lo que parece razonable. Pero en principio no es una medida “de derechas” puesto que tiene el potencial de beneficiar a millones de personas con sueldos muy bajos. Sigue leyendo

Franco desde el telescopio

El historiador Julián Casanova ha coordinado ‘40 años con Franco‘, un libro total sobre el franquismo, una panorámica completa -“una mirada telescópica”, dice él- que incluye desde la particular personalidad del dictador hasta apartados como la política exterior, el papel de la mujer, la literatura y el cine.Telescopio

Quizá la principal conclusión a la que uno llega tras leer sus 350 páginas es que las alusiones a devaneos dictatoriales o totalitarios que se formulan en la actualidad son poco serias. “La gente que cree que esto no es una democracia porque hay corrupción. Una dictadura se caracteriza porque hay una violación constante de los derechos humanos, desde la más física a la psicológica; no hay una sociedad civil que pueda expresarse libremente. Ahora hablamos de otra cosa”, explica Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza. “Compare por ejemplo la Bolivia actual con la de (Luis García) Meza, donde había cadáveres por las cunetas; uno puede pensar que Cristina Kirchner utiliza un sistema clientelar -lo que significa el peronismo en Argentina-, pero de ahí a los desaparecidos… Hay que ser serios: la democracia es frágil, no es universal y hay que cuidarla”.

En el libro, en el que además de Casanova participan otros nueve autores, entre ellos Paul Preston, Agustín Sánchez Vidal y Ángel Viñas, se cita una frase de Salvador de Madariaga que sintetiza bien el desastre que supuso el dictador para España: “El más alto interés de Franco es Franco; el más alto interés de De Gaulle es Francia”. Como recuerda Casanova, ese pasado también tiene implicaciones nacionalistas. “Por eso tenemos tantas dificultades para aceptar una idea de nación, una bandera, un himno. Esa es una sombra alargadísima de la dictadura”.

Una disfunción que también les afecta negativamente a ellos, a los historiadores. “Imagínese que escribimos sobre Isabel la Católica: los lectores dirían ‘fíjate, cuánto saben sobre ella’. Nadie nos cuestionaría. Pero escribes sobre Franco y estás bajo sospecha; el que interioriza su opinión se autoconvence. Dirán: ‘Un rojo’. O: ‘Preston, ¿quién es Preston?’ Y lo que Preston sabe sobre Franco no tiene nada que ver sobre lo que sabe el máximo especialista sobre Isabel la Católica. Pero está bajo sospecha”, lamenta Casanova, quien incide en que ahí también late un “desprecio por el conocimiento científico”.

Dijo Javier Tusell: “Cualquier intento de llegar a una descripción del franquismo y de sus características fundamentales fracasaría plenamente si pretendiera eludir el papel desempeñado por la propia personalidad de Franco”. Eso, recuerda Casanova, no sucede al mismo nivel ni con Hitler: “Podemos discutir todas las etiquetas que le ponemos al régimen, la dictadura va cambiando, pero hay una persona que está al principio y al final. Su último discurso a los españoles, tras los últimos fusilamientos [el 27 de septiembre de 1975], no es ‘mirad qué España os dejo’, sino ‘hay una conspiración judeo-masónica…’. Es decir: nada se ha movido desde julio del 36”. Sigue leyendo

Franco, ¿un fascista?

El debate acerca de la correcta caracterización de Franco y el franquismo en lo referente a sus relaciones con el fascismo y el nazismo, ha sido especialmente intenso en las últimas décadas. En concreto, precisar o aclarar la naturaleza del franquismo, su grado de compromiso con esas ideologías totalitarias, la franqueza de las declaraciones que hacía Franco o los falangistas sobre su adhesión a esos regímenes. Poco ha contribuido a ello el uso habitual de fascismo/fascista como dicterio o arma arrojadiza, de dudosa elegancia, en muchas discusiones. Basta ojear cualquier periódico digital que hable de este tema para encontrar los calificativos de dictador, asesino, genocida y, por supuesto, fascista, aplicado a Franco y su régimen. Veamos su valor descriptivo de lo que fue la dictadura franquista.Franquismo

Si hemos de creer a un falangista como Dionisio Ridruejo, ellos eran fascistas y se enorgullecían de serlo. Dice: “Se me ha preguntado más de una vez si los falangistas de 1936 éramos fascistas. Siempre he contestado afirmativamente. A otras personas, que también lo fueron, esa admisión les parece inaceptable, acaso porque no han sometido a un lavado crítico sus antiguas convicciones. Es cierto que José Antonio Primo de Rivera dio muestras de desear distanciarse de los modelos llamados totalitarios y que algunos de sus consejeros eran más maurrasianos que devotos de Mussolini o de Hitler. También es cierto que el falangismo era una ideología en formación y es posible que hubiera tenido una crisis si el resultado electoral del 36 hubiera sido otro. Este resultado electoral, sin embargo, llenó sus filas de masa netamente derechista que iba a Falange porque veía en ella el portavoz del fascismo español, de la acción minoritaria violenta para la conquista del Estado”. Cosa distinta es que Franco asumiera el ideario falangista.

Sería a partir de julio de 1936 cuando Falange, concebida como partido único adquiere un alto grado de imitación respecto a los modelos italiano y alemán. De lo que cabría concluir que el movimiento más propiamente fascista no fue el de la Falange originaria, sino el creado por Franco a partir del inicio de la guerra y, sobre todo, tras el Decreto de Unificación de 1937. Pero equiparar fascismo y franquismo resulta problemático porque los contextos ideológicos, políticos y sociales en los que surgieron tales regímenes fueron muy distintos. A diferencia de Alemania e Italia, la sociedad española hubo de enfrentarse a una guerra civil que no fue consecuencia de la dialéctica fascismo/antifascismo, sino de la de revolución/contrarrevolución. Salvo en España, no existió en la Europa occidental una izquierda tan radical y extrema como la anarquista y la comunista.

Este modo de proceder presenta el grave inconveniente de integrar en un mismo género político-ideológico al fascismo italiano y al nacional-socialismo alemán, con sus respectivas profesiones de fe pagana y atea, respectivamente, con el falangismo español y su apelación a una Revolución fundada en los más altos valores espirituales del cristianismo. Diferencia esencial entre unos y otros que, por cierto, a los falangistas precisamente no se les pasó y no les pareció secundaria o circunstancial. De ahí su resistencia, o ambigüedad, a la hora de asumir el término fascista como elemento de definición. La Falange no tuvo contacto con los partidos nazi y fascista. A José Antonio no le agradaba su carácter ateo/pagano; no sentía ninguna admiración por Mussolini del que decía que se había limitado a crear un mito. Pese a aceptar el carácter fascista de Falange pronto lo desmiente. Falange se separa de nazis y fascistas: es católica; equiparan su ideología a la política nacionalista de los Reyes Católicos; y la religión se hace más fuerte a medida que avanza la guerra.

En cuanto a Franco se puede afirmar que nunca fue fascista, en sentido estricto. Tenía una mentalidad estratégica que se adaptaba a cada situación. Los falangistas cometieron el error de pensar que Franco se identificaba con la ideología falangista. Pero Franco no creía en ninguna ideología, era un militar de academia formado en la lógica de la estrategia militar, que aplicó toda su vida al gobierno de España. No creía en los políticos ni en los intelectuales. Eran necesarios pero controlados desde un poder superior, que era el militar. A Franco no le tembló la mano a la hora de firmar condenas de muerte: en toda guerra, para ganar, tiene que haber bajas. Aprendida en la milicia es su división del campo en dos partes, la de los amigos y los enemigos, a los cuales hay que combatir hasta la muerte. La II República le había convencido de la inutilidad de los políticos y de las veleidades de los intelectuales. No creía en ellos. Los usaría pero con esa mentalidad militar: Falange, Acción Católica, ACNP, Opus Dei. Solo hay un grupo al que siempre tuvo a su lado, la jerarquía católica: esa será una de las permanentes críticas de la Falange dado que la Iglesia estaba alineada con la parte más reaccionaria y conservadora de la sociedad española. Franco siempre escondió su estrategia e hizo creer a todos que estaba con ellos, cuando en realidad no era así.

Franco impuso su estrategia de acercamiento a nazis y fascistas intentando convertir a España en una tercera potencia. Pero dejó de hacerlo cuando esto empezó a ser estratégicamente comprometido. Tal es la tesis que han defendido historiadores como Payne y que ha sido corroborada ampliamente por los testimonios procedentes del mismo Hitler. Tiene razón Ridruejo cuando niega el calificativo de fascista aplicado a Franco. Dice: “Franco no era fascista. Lo que a Franco le interesaba totalizar era únicamente el mando. Mando y obediencia habían de ser las relaciones recíprocas entre la jefatura y el Partido, el generalato, el Ejército, la presidencia y el Gobierno”. Todo estaba vinculado a su decisión suprema, pero él nunca estaría supeditado al Partido, como había ocurrido en alguna medida con Stalin y Hitler, y, de forma paradigmática, a Mussolini que fue forzado a dimitir por el Gran Consejo fascista (el Partido). Era una lección que Franco tenía aprendida. Sigue Ridruejo: “En las perspectivas de Franco tales vinculaciones resultaban inadmisibles. Él se organizó una figura trinitaria en la que la persona soberana era una –e incondicionada– y sus funciones tres: el Partido, las fuerzas armadas, el Gobierno, sin que estas funciones pudieran interferir las unas en las otras. El Gobierno no dependería jamás del Partido ni del Ejército. El Partido sería instrumental. El Ejército, un delicado aparato de obediencia automática, en el que residiría –latente– la última ratio”.

Si se entiende el fascismo sólo como la aspiración a establecer una nueva sociedad jerárquica y orgánica, con la que superar la anemia de la sociedad moderna, entonces, ciertamente, Falange sería un movimiento fascista (con el inconveniente de haberse devaluado la nación al ensancharse por su base).

Blas Piñar, el último símbolo del franquismo

Blas Piñar, el histórico y emblemático líder de la ultra derecha más radical durante décadas, falleció el pasado 28 de enero. Con él desaparece quizá el último símbolo del franquismo, el hombre al que todos los distintos grupúsculos herederos de la dictadura siempre han venerado y considerado su líder natural. El político, escritor, doctor en Derecho y notario, nacido en Toledo en 1918, estaba retirado de la actividad política, continuaba escribiendo artículos sobre actualidad. Y mantenía su puesto como presidente de Fuerza Nueva Editorial. PiñarUna de las últimas entrevistas que concedió tuvo lugar en el año 2003. Con 84 años mantenía una voz clara y contundente, aunque más sosegada que la que exhibía el 20-N para arengar a los nostálgicos del franquismo. El encuentro se producía por la presentación del Frente Español, una nueva formación que pretendía aglutinar a las fuerzas de la ultra derecha, entre ellas Fuerza Nueva, que él fundó en 1966.

Político, doctor en Derecho y notario, siempre fue fiel al lema de su partido: «Dios, Patria y Justicia». Recuerdo vagamente la decoración de su casa madrileña: un busto de Franco, un crucifijo y libros de Historia apretados en su biblioteca. A pesar de su dolor de cervicales, seguía levantando el brazo con orgullo. Era un facha como Dios manda, inteligente y educado. Descanse en paz: él y sus ideas.

¿Le ofende que le llamen «momia entre las momias», como escribió no hace mucho un columnista?  Blas
Esa expresión no la he leído nunca, pero me trae sin cuidado.
¿Está acostumbrado a este tipo de desprecios?
Después de 37 años de recibir insultos, uno acaba acostumbrándose.
Me han soplado que va a rehabilitación por un dolor de vértebras…
Sólo he estado en dos ocasiones por una molestia de cervicales…
Habrá quien se pregunte si es para seguir levantando bien el brazo, como en los viejos tiempos. Para levantarlo con orgullo
Últimamente tengo que levantarlo para hacer gimnasia. Pero no me avergüenzo de levantarlo para otros menesteres, por supuesto. El brazo levantado es un signo de paz, mientras que el puño cerrado es un signo de odio. Y creo que mientras el puño se cierre, es lícito que también se levante el brazo.
¿Por qué considera que España está en trance de disolución?
En primer lugar, hay un separatismo engreído al cual el régimen actual ha entregado todos los medios para fomentarlo. Además, el terrorismo tiene el amparo no sólo en HB, sino en los partidos nacionalistas que siempre han pedido la independencia. Un país al que Sabino Arana tachaba de «mentecato, afeminado y débil». El PP, por ejemplo, en vez de hacer una política moralmente correcta, ha desbordado al PSOE en todos los sentidos: desde la permisividad de la homosexualidad en la Guardia Civil hasta el aborto libre.
¿Ha llegado a dudar de los principios fundamentales de Fuerza Nueva: Dios, Patria y Justicia?
Nunca. Al contrario, me he reafirmado cada vez más en ellos. Yo no soy de los que afirma que posee la verdad, sino que la verdad y El Verdadero le poseen a uno.
Tengo entendido que fundó Fuerza Nueva para mantener vivos los principios que justificaron el levantamiento de Franco.
Nacimos como una revista desligada por completo del Movimiento, aunque seguía leal a los principios que conformaban el Estado Nacional y la cruzada que le dio origen.
La «cruzada» a la que usted se refiere es la Guerra Civil española…
Esa calificación la hicieron en repetidas ocasiones las más altas autoridades espirituales de la Iglesia. Yo no hice más que propagarla.
¿Aún reivindica esa cruzada?
La vida es milicia, ya lo dijo Job. Y por tanto, mientras no haya guerra caliente, la lucha ideológica continuará hasta el fin de los tiempos.
En 1975, Carrero le propuso como ministro de Justicia. Sin embargo, Franco lo rechazó diciendo que era usted un exaltado.
Sí, Franco entendió que yo era un hombre de cruzada. Cuando uno tiene que exaltarse para que la gente despierte, se exalta, como un corredor se exalta en el sprint final de una carrera. Pero por aquel desprecio no le negué mi lealtad.
¿Tiene usted alma de caudillo?
No, yo tengo alma de ser humano.
¿Sigue anclado en el 36?
Pasa el tiempo, pero las ideas permanecen.
¿Es usted un facha?
Si por facha se entiende un hombre católico practicante, que ama profundamente España y que está dispuesto a sacrificar todo lo que tiene en sus manos por su España… Pues sí, yo me considero facha.
Según el diccionario, «facha» es sinónimo de fascista o simpatizante de los regímenes totalitarios…
El fascismo es un fenómeno político italiano basado en una doctrina para mí respetable. Pero la gente generaliza y acaba llamando facha a cualquier cosa. Los asesinos de ETA, por ejemplo; a Fraga le han llamado facha muchas veces… Es decir, el término facha se usa con una ligereza enorme. Se ha tergiversado tanto que prácticamente no significa nada. Sigue leyendo

Es pecado apoyar a Franco

Con el título “È peccato sostenere Franco”,  Paolo Pombeni reseña en Il Sole 24 Ore  el volumen: Luigi Sturzo e gli amici spagnoli. Carteggi (1924-1951), que publica la editorial Rubbettino.El cochecito

En realidad, se trata de uno de los volúmenes de la Opera Omnia de esta figura italiana, realizado bajo los auspicios del Istituto Luigi Sturzo. Sturzo (1871-1959), sacerdote y líder político, fundador del Partito Popolare Italiano (1919), no es un desconocido en la historiografía española sobre la II República, pero sí lo es su correspondencia. Veamos, pues, la reseña de Pombeni que recoge Anaclet Pons:

La edición de la correspondencia que mantuvo Sturzo con algunos miembros del catolicismo político durante la turbulenta historia de la Segunda República española (pues de esto se trata, el resto son pequeños apéndices poco significativos) es una importante contribución al conocimiento de un pasaje crucial en historia intelectual del peso ejercido por la contienda española en el desarrollo de una cierta aproximación a la modernidad democrática.

El libro está espléndidamente editado por Alfonso Botti (con Gabriele Ranzato, el mejor de nuestros hispanistas), que ofrece un denso ensayo introductorio, que no sólo es fundamental para enmarcar la historia de Sturzo en la difícil situación de esos años, sino que emplea la literatura histórica más reciente y alude a los avances de los conocimientos que ha permitido el acceso a los archivos de este período, especialmente del Vaticano.

Era conocido que los acontecimientos en España, que culminaron en la dramática guerra civil, no solo habían sido un shock para todo el movimiento democrático europeo, sino que habían dividido al mundo católico. Sturzo, ya exiliado en Londres, es por tanto un testigo privilegiado de esta dramática división. Estas cartas son muy diferentes del sentimentalismo de Los grandes cementerios bajo la luna de Bernanos: un texto, dicho sea de paso, duramente rechazado por el Osservatore Romano, en un contexto curial que no tenía dificultad en asumir el bulo franquista de que el bombardeo de los nazis de Guernica fue obra  de unos “rojos” en fuga. Sturzo también en este caso es, por así decirlo, totalmente político. Por un lado, se involucra en la refutación teológica de la teoría de que la declaración de los militares es una reacción de legítima defensa de los católicos contra el ateísmo y el anticlericalismo de los republicanos. En el lado opuesto, trabaja incansablemente para encontrar una solución negociada al conflicto, centrándose en un interés, que se revelará inexistente, por parte de las potencias democráticas para imponer un freno al apoyo del nazifascismo a los rebeldes de Franco.

El fundador del partido popular italiano está obviamente preocupado por la participación de la Iglesia, sea la de la cúpula vaticana o sea la española, en la “cruzada” de Franco. Ve lúcidamente la sucesión de odio y catástrofe que resultará de la elección del primado de España, el cardenal Gomá, al alinearse de hecho con Franco. Será una selección perdedora,  porque el Generalísimo no se dejará condicionar en absoluto por el catolicismo nacional, sino que impondrá brutalmente sus razones, como hará sustancialmente con el Vaticano. Sturzo ve  también los límites de pensamiento del republicanismo español, incapaz de contener los intentos destructivos anarquismo y la rebelión primitiva de amplias capas de la población. Es la violencia brutal contra el clero, con las monjas e incluso con los lugares de culto, lo que causa rechazo en el público católico europeo, impidiendo ver la brutalidad paralela  de las fuerzas franquistas (que continúa denunciando Sturzo).

Aquí hay un  giro de cierta relevancia, que va más allá del caso específico de Sturzo, pero que también es propia de este líder político. Es la conciencia de que la historia de la distancia de la religión, por no decir del odio madurado entre una gran parte de las clases populares contra ella, deriva,  más que de una recepción de la crítica filosófica de Marx y Lenin, de  la “traición” oficial de la Iglesia en su compromiso con la justicia social. Como es sabido, esta tesis se hará fuerte en la obra de Jacques Maritain (que también era uno de los personajes principales -con alguna cautela- en el apoyo de los católicos demócratas a la causa española),  pero también está presente en toda la lectura que hace Sturzo de estos acontecimientos, con la particularidad de que, para él, el origen de todo es la falta de recepción (en España y no sólo) de la Rerum Novarum del Papa León XIII.